Cómo salvar a la humanidad: Notas desde la ciencia ficción

por Salvador Bayarri
miembro de la iniciativa Movimiento Pragma y autor de "El espejo del tiempo".

El futuro como sorpresa 
Casi habíamos olvidado la Guerra Fría y la amenaza de aniquilación nuclear que nos acompañó durante décadas. En el limitado foco de atención de la mente planetaria, las armas de destrucción masiva quedaron relegadas a ser un mero juguete de regímenes paranoicos en su partida de ajedrez contra las superpotencias. Pero la pandemia nos despertó de este pacífico sueño. El virus abofeteó el rostro de la normalidad y proyectó con crudeza en nuestras pantallas la indefensión global, superando en urgencia al cambio climático, la explotación de los recursos o la desigualdad económica, otros Jinetes del Apocalipsis cuyo trote pausado nos hemos acostumbrado a ignorar.

«El triunfo de la muerte», de Peter Brueghel el Viejo

El riesgo de una amenaza viene dado por la multiplicación de dos factores: la probabilidad de ocurrencia y la vulnerabilidad. Así, tan preocupante como la tasa de mortalidad asociada al virus es la constatación de que los seres humanos, lejos de coordinarnos en un frente común, nos hemos entregado al pandemonium de las luchas tribales y la negación de las evidencias. El heroico esfuerzo individual y la calma mayoritaria no han ocultado un hecho vergonzante: ni el mosaico de estructuras que nos gobiernan ni la población en general estamos preparados para afrontar los serios problemas que acechan en el futuro.

Por fortuna, hay mujeres y hombres que han explorado con anterioridad el paisaje desconocido del porvenir: son los escritores de ciencia ficción. Antes de que la distopía devorara la literatura especulativa, existieron autores que buscaron alternativas a la oscuridad y este es un buen momento para examinar sus reflexiones sobre la supervivencia de la especie humana.

Se suele acusar a la ciencia ficción de ser literatura escapista, y es cierto que el género especulativo nos aleja de la realidad inmediata, pero precisamente por ello nos ofrece una perspectiva inigualable sobre nuestro lugar, en la historia y en el cosmos, una amplia panorámica cada vez más ausente del pensamiento económico y político, y no digamos de su práctica diaria.

Isaac Asimov
En este tempestuoso año de 2020 celebramos el centenario de Asimov (1920 - 1992), una de las figuras más conocidas e influyentes del género. Entre sus muchos intereses, el buen doctor fue presidente de la Asociación Humanista Americana, una asociación que “afirma la capacidad y la responsabilidad de los seres humanos hacia una vida de compromiso ético para buscar el bien de la humanidad”. Como atestiguan sus conferencias y entrevistas, Asimov expresó con frecuencia su preocupación por el futuro de la especie y la necesidad de superar las barreras nacionales para abordar problemas como el calentamiento global y la crisis energética, proponiendo la creación de un gobierno mundial con una estructura federal representativa.

Para Asimov, muchos de los problemas de la humanidad provienen del crecimiento descontrolado de su población, un proceso que agota el entorno natural y empeora la desigualdad. En su opinión, la incorporación plena de la mujer a la actividad cultural y política, sobre todo en los países en desarrollo, es la mejor forma de reducir el crecimiento demográfico antes de que sea demasiado tarde.

Ante la necesidad de movilizar a los pueblos, Asimov rechazó el recurso fácil y volátil del miedo. En su lugar sugirió definir proyectos que unieran a la especie humana alrededor de un objetivo común y argumentó que la exploración espacial era una excelente candidata para este papel de motivadora global.

La insistencia de Asimov en la idea de que la humanidad debía extenderse por el espacio está muy presente en su ficción. Bajo la apariencia de misterios policíacos, sus novelas de robots plantean la lucha del detective Elijah Baley por convencer a los terrestres de que abandonen su madriguera planetaria y colonicen otros sistemas solares.

Sin embargo, quizás la sugerencia más ambiciosa de la ficción Asimoviana sea la que se refiere al control de la historia. En su novela El fin de la eternidad, una organización situada fuera del tiempo viaja entre diferentes siglos para realizar ajustes que modifican los acontecimientos y optimizan la historia, reduciendo al mínimo el sufrimiento humano mediante complejos cálculos y simulaciones. La misma idea constituye la espina dorsal del ciclo de la Fundaciones, organizaciones que aplican la ciencia de la “psicohistoria” a la predicción y el gobierno de la población humana expandida por la galaxia, de acuerdo a un plan matemático que se corrige con el transcurso del tiempo.

Otro ingrediente esencial de la visión Asimoviana del futuro son los cerebros electrónicos (“positrónicos” en sus obras) o, como diríamos hoy en día, las inteligencias artificiales. En varios relatos, Asimov otorga a la enorme computadora Multivac la tarea de gestionar los asuntos humanos y gobernar de facto la Tierra. Sin embargo, la posición de Asimov respecto a las IAs es ambigua. En unas ocasiones les asigna el papel de salvadoras de la humanidad. Por ejemplo, en La última pregunta, la inteligencia sucesora de Multivac rescata a los humanos de la muerte térmica del universo llevándolos al hiperespacio. También el personaje de Daneel Olivaw, robot compañero de Elijah Baley, se convierte en el defensor último de nuestra especie. Por otro lado, en la saga de los robots Asimov considera la dependencia de estos seres como un factor que nos podría llevar a la decadencia, razón por la cual los humanos renuncian a usar androides. En otros casos son las mismas máquinas las que deciden quitarse de en medio para no impedir nuestra evolución.

Frank Herbert
Este año se cumple también el centenario de otro grande de la ciencia ficción, el escritor Frank Herbert (1920 - 1986), quien también orientó buena parte de su ficción a investigar las amenazas y oportunidades que esperan a la humanidad y coincidió con Asimov en su preocupación por el papel de las inteligencias artificiales. La rebelión de la humanidad contra las “máquinas pensantes” es el antecedente de su famosa saga Dune. Diez mil años antes de los acontecimientos de la trilogía original, una cruzada contra la inteligencia mecánica concluye con su prohibición permanente y trae como consecuencia la evolución de sorprendentes capacidades humanas. La creación de escuelas y facciones armadas con variados conocimientos y poderes (ingeniería genética, habilidades mentales, control político, monopolios comerciales, viaje estelar) lleva a un tenso equilibrio, roto por la llegada de un espécimen humano único.

Asimov ya había mostrado en Fundación e Imperio cómo la aparición de un individuo de poderes excepcionales (el Mulo) ponía en jaque los elaborados planes de la psicohistoria. Herbert va más allá: lo inesperado no es una excepción, sino la naturaleza misma de la historia, el motor de la evolución. Contra el optimismo de Asimov, Herbert defiende la imposibilidad del control de nuestras creaciones tecnológicas y culturales. El ser superior planeado durante generaciones por las Bene Gesserit de Dune no resulta como ellas esperaban. Paul Atreides acaba con sus planes de domesticación de la humanidad y lanza una terrible Jihad que arrasa el orden establecido. Pero el Mesías de Dune, como todos los revolucionarios, sucumbe a su propio deseo de control. Al final tiene que sacrificarse para eludir la aberración dictatorial que tantas veces plaga nuestra historia.

La ecología humana y su interacción con el entorno juegan un papel fundamental en Dune, aunque no bajo la forma del ecologismo. A Herbert le fascinaba la forma en que los hombres dominan el entorno para sobrevivir y presenta a lo largo de la saga esta tensión constante entre conservación y transformación. El planeta desierto Arrakis se convierte en un vergel que, paradójicamente, amenaza a su bien natural más preciado, los gusanos de especia. Más tarde, el mundo de los Fremen se convertirá de nuevo en un desierto. Para Herbert, la ecología no implica necesariamente el conservacionismo, sino la constatación de que el conflicto entre organismos, especies e intereses contrapuestos es una garantía de supervivencia del sistema en su conjunto. La diversidad y el dinamismo son los valores que debemos extraer de la naturaleza. El control permanente del ecosistema, aunque sea para intentar su restauración, es una tarea abocada al fracaso.

Para Herbert, la historia no se puede dirigir al estilo de Asimov. La influencia Jungiana le lleva a creer en la imposibilidad de constreñir las fuerzas de la naturaleza y el inconsciente colectivo en un marco estático. Los impulsos raciales deben ser cabalgados como los Fremen montan a los gusanos gigantes de Dune, aprovechando la fuerza del leviatán para, si acaso, guiarlo en una dirección favorable. La humanidad debe madurar, adquirir consciencia de las fuerzas históricas que la dominan y abandonar su obsesión por insignificantes problemas tribales. Llega el momento de tomar decisiones a largo plazo.

En este sentido, Herbert coincide con Asimov en el enorme riesgo de mantener a la especie reducida a un único planeta y propone aprovechar la necesidad instintiva de procreación, la excitación sexual del organismo que busca sobrevivir y expandirse. Debemos dar rienda suelta a nuestro deseo colectivo de multiplicación y colonización para diversificarnos más allá de un mundo aislado.

Herbert fue periodista y durante una época trabajó apoyando las campañas de algunos candidatos políticos locales y escribiendo sus discursos, pero vio con desilusión que los votantes entregaban una y otra vez su fe a supuestos mesías que los llevaban hacia el precipicio. El papel crucial que Herbert otorgó a la personalidad de los líderes es muy visible en Dune. Los planes de los dirigentes con frecuencia pasan por encima del bienestar inmediato de los pueblos, causándoles un gran sufrimiento. Paradójicamente, este dolor colectivo puede ser necesario para la supervivencia futura. Otra tensión irresoluble. El prototipo de líder descrito por Herbert soporta la carga moral de usar medios crueles para conseguir un fin favorable a la especie, incluyendo el sacrificio de su propia vida. En el mundo real, el autor consideró que la forma de elegir a los líderes políticos era crucial para la sociedad, mucho más importante que el conjunto de las leyes. Según él, el carácter de los mandatarios, las ilusiones y los miedos que imprimen en la población acaban moldeando el transcurso histórico, especialmente en los puntos de inflexión que suponen las crisis.

Ursula K. Le Guin
Una de las primeras mujeres en tener una presencia visible en un género dominado por los hombres, Ursula K. Le Guin (1929 - 2018) recogió también las enseñanzas de Jung junto a otras influencias como el taoísmo, la antropología cultural y su preferencia por un anarquismo utópico y posmoderno.

En un verdadero giro copernicano, Le Guin cambió la perspectiva etnocéntrica de la ciencia ficción de Asimov o Herbert. Si en las historias de estos autores la limitada diversidad humana que poblaba la galaxia surgía del planeta Tierra, en el universo de Le Guin existen multitud de razas humanoides que habitan al menos un centenar de mundos. Todas ellas, incluida la terrestre, surgieron del planeta Hain en un pasado remoto. En el período en que transcurren las novelas del ciclo Hainish, la Liga de Todos los Mundos retoma el contacto con algunos de estos mundos perdidos y, durante este proceso de exploración, descubre la diversidad que ha evolucionado desde un tronco común.

Este trasfondo sirve a Le Guin para presentar sociedades alternativas con un prisma antropológico que apenas enmascara su profunda crítica a la limitada visión occidental, en asuntos como la ecología, la sexualidad y la organización sociopolítica. Los enviados de la Liga o el Ekumen ven indefectiblemente trastocadas sus preconcepciones y deben acomodarse a otras formas de vida adaptadas a diferentes circunstancias.

En sus obras, Le Guin renueva y transforma la utopía clásica, mostrando la imposibilidad de concebir un mundo perfecto. Para ella, el entorno, la historia y la interacción entre los pueblos moldean las sociedades durante un proceso de adaptación y evolución mutua. Esta relativización es visible en su obra Los desposeídos (1974), subtitulada “una utopía ambigua”. En esta novela contrasta dos mundos diferentes: un planeta de cultura capitalista y su luna, donde un grupo de exiliados ha creado una sociedad basada en los preceptos anarquistas y la filosofía estoica del taoísmo. En lugar de una valoración moral al uso, Le Guin nos presenta en cada lado aspectos y personajes positivos y negativos, la confrontación entre las promesas políticas y las duras realidades. Sin ofrecer respuestas obvias, nos fuerza al pensamiento complejo y a la valoración de los matices, una aproximación difícil de encontrar hoy en día.

Esta imposibilidad de la sociedad perfecta y la tensión entre la aceptación y el rechazo de ciertos valores se retratan de manera alegórica en el relato Los que abandonan Omelas. En él, Le Guin describe una maravillosa ciudad junto al mar, una aparente utopía en la que reina la felicidad. Este bucólico estado depende, sin embargo, del sufrimiento de un niño encerrado y maltratado por los habitantes, conscientes de que su bienestar depende del dolor del niño. Muchos de los ciudadanos aceptan el compromiso como una injusticia necesaria para el bien común y siguen viviendo en Omelas. Otros son incapaces de conciliar los dos aspectos de su ciudad y prefieren abandonarla.

Imagen del algoritmo Google Deep Dream inspirada en Vincent van Gogh.

Apuntes para rediseñar el futuro
¿Es posible cambiar el rumbo actual de las sociedades humanas? ¿Podemos pensar en un camino diferente? No hay más que adoptar cierta perspectiva para darse cuenta de que el cambio es ineludible. Cada vez que un pensador, sea Hegel o Fukuyama, declara el “fin de la historia”, la complejidad de las fuerzas naturales, económicas, ideológicas y tecnológicas nos recuerda que, como afirmaba Herbert, el universo está lleno de sorpresas.

Los expertos nunca son capaces de prever las revoluciones y los cambios de paradigma. La historia ignora nuestros deseos y vaticinios. Los cambios abruptos suceden, tarde o temprano. ¿Es posible prepararse para ellos? Aunque los autores de ciencia ficción no son adivinos, quizás podamos extraer algunas lecciones de los futuros que imaginaron.

►1. La tecnología genera cambios, pero no los guía. La ciencia ficción suele presentar avances científicos y analizar cómo estos nos afectan. Sin embargo, no hay nada en la ciencia o la tecnología que defina la dirección de los cambios. Una tecnología no es buena ni mala en sí misma. La psicohistoria, o el viaje temporal en El fin de la eternidad, pueden ser utensilios de dominación total y también herramientas que mejoren radicalmente la situación de la humanidad. Lo mismo podemos decir del ansible de Le Guin o las no-naves de Dune. Lo importante no es la tecnología, sino su uso en el contexto de la “ecología humana” definida por intereses sociopolíticos y económicos, por la historia y las ideologías. Debemos ser conscientes de que la tecnología interactúa con factores sociales y comprender cómo la conexión entre ambas fuerzas puede llevar a cambios positivos. 

►2. La inteligencia artificial será clave y no hay otra opción que aprovecharla. Asimov y Herbert reconocieron que el carácter disruptivo de la tecnología se agudizaría en el caso de las “máquinas pensantes”. Incluso sin considerar la idea del transhumanismo, está claro que la inteligencia artificial tendrá efectos inmediatos y masivos, cambiará la forma en que las personas se relacionan entre sí y se enfrentan al mundo. La esencia del aprendizaje automático que realizan las IAs es la optimización para alcanzar objetivos. Actualmente usamos esta técnica para reducir el coste de nuestros anuncios en las redes, conseguir el máximo rendimiento en las transacciones bursátiles o aumentar el porcentaje de detección de cánceres en imágenes radiológicas. El resultado depende de los objetivos planteados a los algoritmos y los datos con los que se entrenan. Con información adecuada, las inteligencias artificiales pueden optimizar la producción de una fábrica, la distribución de la energía, la gestión económica, incluso la manera de pulsar la opinión pública, redefiniendo la representatividad democrática, como hace el Multivac de Asimov en su relato Sufragio universal. Para utilizar las IAs en la gestión pública, o al menos experimentar con ello, debemos ponernos de acuerdo en los objetivos a plantear, en sus prioridades relativas y en los indicadores para medir su cumplimiento. Obviamente, para llegar a este punto necesitamos pensar de manera estratégica.

►3. La consciencia colectiva debe plasmarse en decisiones a largo plazo. Tanto Le Guin como Herbert defienden que las sociedades humanas (a través de la educación, la transmisión oral y el pensamiento crítico) deben tomar mayor consciencia de su lugar en la historia y de las fuerzas que la mueven, evitar una existencia como meros espectadores y víctimas, decidir con pleno conocimiento y tomar las riendas de nuestro destino. Pero no se trata de conseguir un estado ideal o regresar a un pasado idílico que nunca existió. La historia no se detiene ni vuelve atrás. La toma de conciencia colectiva se produce casi siempre cuando las tensiones conducen a un movimiento revolucionario que causa grandes daños. En su lugar, la revisión de nuestros supuestos sociales debería ser permanente y extenderse, como propone Asimov, al planeta en su conjunto. La consciencia acerca del momento en que estamos y del lugar donde queremos ir se debe realimentar con objetivos comunes, cuya consecución requiere planes a largo plazo.

►4. Los sistemas democráticos deben acomodar objetivos generales que no dependan de las discusiones partidistas y los intereses localistas. Porque la alternativa a una democracia así coordinada es un sistema de partido único, un control centralizado y absoluto. Hemos visto la eficaz respuesta a la pandemia en China, donde el gobierno no necesita debatir con otros partidos para tomar medidas drásticas y donde la población asume la prioridad del colectivo sobre el individuo. No obstante, la respuesta también ha sido efectiva en países donde los criterios científicos (aun con sus incertidumbres) se han situado por encima de las peleas entre partidos y territorios. En la era del big data disponemos de información para mejorar la gestión en muchos campos hoy fragmentados: educación, salud, distribución de alimentos, energía, transporte... Las claves de esta integración son la inteligencia artificial y el cambio en la toma de decisiones, es decir, en la forma de gobierno.

El cortoplacismo de los sistemas de gobierno y comunicación actuales es insostenible. La brevedad de los mandatos y los procesos electorales que se solapan, el simplismo de las consignas, la pugna para llenar cada día los medios y las redes con mensajes que ensalcen a unos e insulten a otros, por deshacer lo que se antes se hizo… Este pandemonium no solo está reñido con la calma y la objetividad que requiere la toma de decisiones racionales, sino que supone una enorme pérdida de recursos, energía social e ilusión que deberían ser aprovechados para promover cambios de calado en la sociedad.

►5. En el presente sufrimos de primera mano la advertencia de Herbert: los líderes carismáticos son peligrosos. Oportunistas e insensibles, los mesías saben manipular los sentimientos de la gente. Utilizan el odio y las falsas esperanzas, sin recurrir nunca a la racionalidad y el compromiso. Para el autor de Dune, la clave para mejorar el mundo es, precisamente, repensar cómo elegimos a los líderes; un consejo que podemos extender a cualquier organización pública o privada. Está demostrado que las estructuras de poder están pobladas por un porcentaje desproporcionado de psicópatas y narcisistas mientras que las profesiones dedicadas al servicio público y el trabajo manual contienen un porcentaje menor. ¿Por qué no utilizamos este conocimiento para seleccionar gestores que busquen el bien común? ¿No serían más humanas y eficientes nuestras empresas e instituciones?

►6. Unión en la diversidad. Si algo nos enseña la ciencia ficción y la historia es que las estructuras centralistas (imperios y gobiernos autoritarios) son inestables y producen terribles secuelas cuando llega su inevitable declive y ruptura. La necesidad de coordinar esfuerzos y elaborar planes sostenibles en el tiempo no implica la homogeneización y el control total, sino la búsqueda de objetivos comunes y directivas de validez general adaptables a situaciones específicas. La cogobernanza debe ser global y distribuida, utilizar un modelo federal a diferentes escalas (recordemos la famosa Federación de Star Trek, hija del Ecumen de Le Guin). Tanto la ecología humana de Herbert como la antropología de la autora de La mano izquierda de la oscuridad nos hablan del valor esencial de las diferencias. Ante las sorpresas amenazadoras que nos depara el futuro, cada hebra de nuestro acervo genético y cultural puede ser la clave de la supervivencia. No podemos despreciar ninguna de ellas. 

¿Podemos conseguir una sociedad perfecta mezclando y agitando estos ingredientes? Abandonemos esa idea. No existe tal magia alquímica. Luchemos, en cambio, por superar el atractivo oscuro de las estériles distopías y también el idealismo ilusorio de las utopías clásicas. Ursula K. Le Guin ya nos enseñó en Los desposeídos, antes de las revoluciones conservadoras de Reagan y Thatcher, cuando la crisis del petróleo todavía permitía pensar en una alternativa al capitalismo extractivo, que cualquier forma de organización social debe asumir compromisos, aceptar las limitaciones de sus ideales y mantener delicados equilibrios en el tiempo y el espacio. Las sociedades no pueden ser homogéneas ni estáticas.

Quizás el mensaje más importante de la ciencia ficción y su muestrario de mundos posibles es que debemos perder el miedo a la experimentación social. Es posible secularizar la utopía, desprendernos de dogmas sobre mundos perfectos y sustituirlos por métodos tentativos, progresivos y prácticos para mejorar la realidad. Tenemos las herramientas tecnológicas y los datos para poner en marcha proyectos piloto en pequeñas comunidades (como hizo Finlandia para probar la renta básica), para dar pasos que nos permitan mudarnos desde el reino de la ideología al de la racionalidad práctica.

Ya que es imposible detener el caballo desbocado del futuro, busquemos al menos aferrarnos con fuerza a su silla, aprender cómo llevar las riendas e intentar encaminarnos hacia horizontes más prometedores.

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